Soy uno de los damnificados por la DANA en Oliva. Estos días toca sacar barro, tirar cosas que hasta hace poco formaban parte de nuestra vida y hacer cuentas. Qué pagará el seguro, qué cubrirá el Consorcio, qué ayudas podremos pedir.
Y entre todo eso me ha dado por pensar en algo incómodo.
Yo también rajo de los políticos. De los enchufes, los favores y los que llegan para arreglar el mundo y terminan arreglando lo suyo. Pero, cuando te toca perder y ves que las cuentas no salen, puede aparecer una idea que antes habrías condenado:
«Si esto no me lo pagan, a ver si puedo meterlo por otro lado».
No hace falta haberlo hecho para reconocer la tentación.
Un coche viejo puede valer poco en unas tablas y hacerte un papel enorme. Lo tienes pagado, funciona y te lleva al trabajo. Hasta ayer no necesitabas cambiarlo. Hoy está inundado.
Si veo coches iguales al mío, con los mismos kilómetros, anunciados a partir de 5.000 euros y me ofrecen 1.000, reclamaré esos 4.000 hasta que me canse. Llevaré los anuncios, discutiré la valoración y pediré que me expliquen las cuentas.
Pero no pondré 4.000 euros de cosas que nunca existieron. Mi reclamación será por el coche que perdí. No voy a inventarme muebles o electrodomésticos para compensar lo que considero que me han pagado de menos.
También reclamaré unas ayudas que me permitan comprar donde me dé la gana, incluido un particular. Si ahí encuentro el coche que necesito y puedo pagarlo, no me parece justo que las condiciones de una ayuda me cierren esa puerta.
Con las cosas de casa pasa algo parecido. ¿Cuánto vale un mueble heredado? ¿Y las fotografías en papel que ya no recuperarás? No puedes ir a una tienda a comprar otra foto de tu padre.
Entiendo que un seguro tenga límites. También entiendo la rabia de quien descubre la distancia entre lo que ha perdido y lo que va a recibir.
Las tejas, al parecer, volaban solas
Mi desconfianza con los seguros viene de antes.
Tenía una póliza que cubría daños por viento superior a 80 kilómetros por hora. Aquel día, en mi casa, yo habría dicho que pasábamos de cien. No podía medirlo, pero las tejas salían volando. Lo grabé y envié el vídeo.
La estación meteorológica oficial estaba en otra zona y allí no se había registrado tanto viento. No cubrieron los desperfectos.
Recuerdo mi asombro al explicarles que era el viento lo que hacía volar las tejas. Que no tenía a nadie escondido arriba tirándolas.
Después de aquello, la confianza cambia. La siguiente vez puedes empezar a pensar: «Ellos interpretan las cosas a su manera; yo tendré que buscar la mía».
Ahí veo el peligro. Una injusticia que crees haber sufrido puede convertirse en el permiso que te das para hacer algo que antes no habrías defendido.
«Con lo que ya me dejaron de pagar…».
Y en tu cabeza queda compensado.
¿Es lo mismo que la corrupción política?
No me parece justo equiparar a una familia que acaba de perder su casa con alguien que utiliza un cargo público para enriquecerse. Importan el poder, la necesidad y el daño causado.
Pero algunas excusas se parecen:
«Todos lo hacen».
«Después de lo que me han quitado».
«No voy a ser yo el único tonto».
En boca de otros las reconocemos enseguida. En la nuestra suenan más razonables porque conocemos toda la historia.
Reclamar hasta el último euro que nos corresponde es legítimo. Discutir una tasación, pedir que valoren nuestro trabajo de limpieza o exigir otras reglas para las ayudas también. Ser honrado no me obliga a conformarme con lo que me ofrezcan. Puedo seguir peleando lo que de verdad he perdido y negarme a inventar otra pérdida para compensarlo.
Y esta exigencia tiene que alcanzar a todos: al seguro que vende tranquilidad, al comprador que promete una baja, al vendedor que conoce los desperfectos y a la Administración que anuncia ayudas. Cada uno debe responder por lo que hace y por lo que promete.
Empezar por uno mismo
Estos días también he tenido a familiares y amigos ayudándome a sacar agua, barro y enseres. Si voy a reflexionar sobre cómo somos las personas, tengo que contar con ellos.
Por eso me resisto al «todos somos iguales». Es injusto con quien ayuda y, además, deja cualquier trampa con la excusa preparada.
Cambiar estas cosas llevará tiempo. Pero hablar siempre de las próximas generaciones puede ser otra forma de dejarles el trabajo.
Nuestros hijos están aquí, mirándonos ahora. Nos oyen condenar los enchufes y pedir después un favor para saltarnos un turno. También nos ven cumplir una promesa, reconocer un error o renunciar a algo que no nos corresponde.
No necesitan padres perfectos. Sí necesitan ver que podemos corregirnos.
Yo seguiré protestando y reclamando lo que considere justo. Pero quiero que mi manera de actuar acompañe a esa protesta. Si pretendo cambiar un sistema y repito lo que critico cuando me beneficia, algo se queda a medias. Empezar por uno mismo también forma parte de exigir que las cosas cambien.
Después de la DANA habrá pérdidas que no recuperaremos. Otras tendremos que pelearlas con papeles, fotografías y paciencia.
Mientras limpiamos nuestras casas, nuestros hijos ven quién ayuda, quién cumple y quién aprovecha la desgracia. También escuchan cómo explicamos lo que hacemos nosotros.
Ahí empieza una parte de la educación que les dejaremos.