TeLaCuelan ← Divulgación

Expediente · La promesa de la herramienta

Ahora eso lo hace la IA

El cuento de que cualquiera podrá arreglarlo todo

Spoiler: no te devuelve la capacidad. Te devuelve el acceso. Y solo si ya sabías mirar.

TeLaCuelanDivulgaciónLectura · 12 minDesconfía con criterio Lector de silencios

La promesa se repite estos meses en artículos, en anuncios y en conversaciones de sobremesa: con la inteligencia artificial, cualquiera podrá hacer cualquier cosa. Programar sin saber programar. Pleitear sin abogado. Diagnosticar sin médico. Y, en lo que aquí nos ocupa, arreglar sin haber arreglado nunca nada.

Es una promesa preciosa. Y es falsa. Pero no del todo, que es lo que la hace interesante y lo que merece una lectura entera.

Cada herramienta nueva ha prometido lo mismo: que ahora sí, que ya no hará falta saber. Y cada vez, unos años después, hemos descubierto que hacía falta saber otra cosa.

La cámara automática iba a convertir a todo el mundo en fotógrafo. Lo que hizo fue quitar de en medio la exposición y el enfoque, y dejar al descubierto que lo difícil de una fotografía nunca fue eso, sino saber dónde ponerse y cuándo disparar.

El procesador de textos iba a convertirnos a todos en escritores. Nos quitó el tipex y la máquina de escribir. Y dejó a la vista, sin excusas, que lo difícil era tener algo que decir.

Con la inteligencia artificial va a pasar exactamente lo mismo, y en esta lectura quiero contar cómo lo he comprobado en mi propia casa.

Parte I · El caso

Una tarde con un televisor

Mi televisor se queda a oscuras. El sonido sigue, el mando responde, pero la pantalla se apaga. Al principio pasaba de vez en cuando. Ahora casi siempre.

No abrí el aparato. Lo conecté al ordenador y me pasé una tarde entera haciéndole preguntas, con la ayuda de un asistente de inteligencia artificial. Y quiero contar esa tarde tal como fue, no como quedaría bonita.

01Empezamos mal

Las primeras horas fueron por el camino equivocado. Nos convencimos de que el problema venía de fuera, de la red, y montamos un laboratorio para espiar el tráfico de datos del televisor. Analizamos mil quinientos mensajes. Reconstruimos capturas. Trabajamos mucho y bien en la dirección incorrecta.

Lo único que sacamos en claro fue que la red estaba sana. Que es algo, pero que sobre todo significaba que llevábamos tres horas mirando por la ventana equivocada.

02La máquina se equivocó, y con mucho aplomo

En un momento dado, el asistente me preparó una secuencia de órdenes para el televisor. Una de ellas, según me explicó, solo iba a apagar y encender la pantalla para provocar el fallo.

No era eso. Era la tecla de apagado. La televisión se apagó, y durante un rato creímos los dos que acabábamos de reproducir la avería y de cazar algo importante. No habíamos cazado nada: nos habíamos apagado la tele nosotros mismos.

Y hubo más. En cierto punto identificó el modelo interno del aparato a partir de un dato del sistema, y afirmó con seguridad que la identificación anterior era errónea. Insistió. Yo lo di por bueno. Cuando por fin conseguimos entrar en el menú de servicio del fabricante, fue la propia televisión la que dijo, con todas las letras, que la identificación original era la correcta.

Lo peligroso no fue que se equivocara. Lo peligroso fue que se equivocó con la misma voz tranquila con la que acertaba.

03Y luego encontramos lo que buscábamos

Cuando dejamos de mirar la red y empezamos a preguntarle al propio aparato, la cosa cambió.

Descubrimos que, mientras yo miraba una pantalla completamente negra, el televisor estaba dibujando el menú entero por dentro. Los iconos. Los colores. El reloj marcando la hora exacta. Conseguí sacar esa imagen y verla en el ordenador. Existía, nítida y terminada. Solo que no salía por el cristal.

Es como un tocadiscos que gira, con la aguja en el surco correcto y la música pasando por todos los cables, y un altavoz que no suena. No hay que revisar el disco, ni la aguja, ni el brazo. Hay que mirar el altavoz.

En una tarde pasé de «se ha estropeado la tele» a «funciona todo menos la última etapa, y esa etapa es una pieza concreta». Eso, hace unos años, no lo conseguía yo ni con dos semanas.

Parte II · El reparto

Quién puso qué

Y ahora la parte que da título a esta lectura, porque de aquella tarde salió una línea muy nítida entre dos tipos de trabajo.

Lo que puso la máquina

Leer millones de líneas de registro interno en minutos. Traducir la jerga privada de un fabricante que nunca la publicó. Recordar qué significa cada mensaje. Escribir en un rato los programitas que hacían falta para preguntar. Nunca cansarse ni perder la paciencia.

Lo que puse yo

Saber que sonido sin imagen apunta al final del camino y no al principio. Desconfiar cuando el caso se dio por cerrado demasiado pronto. Y negarme a tocar cierto ajuste porque intuí que lo que parecía apagarlo en realidad lo dejaba indefinido, que no es lo mismo.

Ese último punto merece explicarse, porque es el corazón del asunto.

Llegamos a un menú interno del televisor con un ajuste que gobierna cuánta corriente pasa por la luz de la pantalla. Había una opción que lo ponía todo a cero. La máquina la propuso. Yo dije que no.

¿Por qué? Por nada que estuviera escrito en ningún sitio. Por una sensación que viene de haber trabajado con electrónica: poner todos los valores a cero no suele significar «apagado», suele significar «indefinido». Y un parámetro indefinido en la etapa de alimentación de una pantalla es la clase de cosa que deja un aparato peor de como estaba, y esta vez de verdad.

Eso no lo aporta ninguna máquina. Eso lo aporta quien alguna vez ha tenido un soldador encendido en la mano, o un huevo de madera dentro de un calcetín.

Parte III · La tesis

No devuelve la capacidad. Devuelve el acceso

Y aquí está lo que quería contar, que es más pequeño que la promesa que se vende y bastante más bonito.

La inteligencia artificial no le devuelve la reparación al que no sabe. Se la devuelve al que sabía y se había quedado sin documentación.

Piensen en toda la gente que hay ahí fuera con las manos formadas. Los que aprendieron a soldar, a ajustar un carburador, a zurcir, a coser una cremallera, a leer un ruido. Los que estudiaron formación profesional cuando la electrónica se estudiaba con el soldador encendido y las cosas venían con su esquema doblado en cuatro dentro de la caja.

Esa gente no perdió el criterio. Perdió el acceso. Se encontró un día con aparatos mudos que ya no traían plano, con chips soldados por debajo donde no entra ninguna punta, y con manuales que dejaron de publicarse. Su saber se quedó sin nada donde posarse.

Lo que ha cambiado ahora no es que todos podamos reparar. Es que el aparato, si se le pregunta bien, vuelve a contar lo que le pasa. Y eso pone otra vez en juego a toda una generación que sabe mirar y llevaba veinte años sin nada que mirar.

Es la misma idea que escribí hace un tiempo hablando de oficios creativos: la herramienta estrecha la brecha de la ejecución y ensancha la del criterio. Lo que no esperaba era comprobarlo con un destornillador imaginario en la mano, delante de una pantalla apagada.

Parte IV · El cuento

Por qué la promesa grande es un timo pequeño

Volvamos entonces a la frase del principio: «con la IA, cualquiera podrá arreglar cualquier cosa».

Imaginen esa misma tarde, pero con alguien que no hubiera tocado electrónica en su vida.

Es decir: habría terminado la tarde con la televisión peor que al principio, convencido de haber hecho un gran trabajo.

Y aquí está el timo de esta lectura, que no lo comete ninguna empresa concreta sino que flota en el ambiente:

Nos están enseñando a confundir la fluidez con la competencia. Y una máquina que se explica muy bien parece que sabe, incluso cuando no sabe.

Eso es lo genuinamente nuevo y lo genuinamente peligroso. Un manual equivocado se nota, porque está mudo y hay que interpretarlo. Una respuesta equivocada dicha con soltura, ordenada, bien redactada y con datos que suenan concretos, no se nota. Se obedece.

El único filtro que existe contra eso es el criterio. Y el criterio no se descarga.

Cierre

Aviso para una generación

Termino con la parte incómoda, que en TeLaCuelan nunca falta.

La buena noticia de esta lectura tiene un límite muy claro. Esto no salva al que no sabe, no convierte a nadie en técnico y no sustituye ni al polímetro ni al destornillador. Mi televisor sigue apagándose, y para arreglarlo hará falta que alguien lo abra y mida.

Pero hay una parte que sí quiero dejar dicha, y va dedicada a un tipo concreto de lector.

Si usted aprendió un oficio con las manos y lleva años pensando que su formación quedó anticuada, que ya nada se abre, que ya nada se explica y que su saber no sirve para los cacharros de ahora, quiero decirle una cosa: su saber no ha caducado. Se quedó sin documentación, que es muy distinto.

Y esa documentación ha vuelto por una puerta rara, que no es la que esperábamos, pero ha vuelto.

Nadie le va a avisar de esto, porque no hay ninguna campaña que lo diga. La promesa que se está vendiendo es la otra, la grande, la de que ahora cualquiera podrá con todo. Y en esa promesa usted no aparece por ninguna parte, precisamente usted, que es a quien más le sirve.

Así que considérese avisado. Y baje al trastero a mirar aquel aparato que guardó por si acaso.

¿Sé lo suficiente… para saber cuándo me está engañando?

Esta lectura es la segunda parte de «Desde la obsolescencia programada a la pereza programada», donde se cuenta por qué dejamos de poder arreglar las cosas. Esta cuenta qué ha cambiado, y para quién.

Notas y contexto

Esta lectura se apoya en una experiencia personal documentada y en ideas ya publicadas por Lector de silencios.

  • El caso del televisor. Diagnóstico realizado sin abrir el aparato, mediante interrogación de sus registros internos. Existe un informe técnico independiente con la cronología, las capturas y la lista de hipótesis descartadas. Las conclusiones quedan pendientes de confirmación con instrumentos de medida.
  • «El herrero y el algoritmo» y «La brecha del criterio», de Lector de silencios. La tesis de que las herramientas estrechan la brecha de la ejecución y ensanchan la del criterio, aplicada allí a los oficios creativos.
  • Sobre los errores citados. Todos ellos ocurrieron realmente durante la sesión de trabajo y están registrados: la investigación inicial por el camino equivocado, la orden mal explicada que apagó el aparato y la identificación de hardware corregida después por el propio menú de servicio del fabricante.
  • Nota de rigor: esta lectura no es una evaluación de ninguna herramienta concreta ni una comparación entre asistentes. Es el relato de una tarde de trabajo y de lo que se aprendió en ella.